San Rafael Arnáiz


La Sencillez

Veo, hermano que tu camino es la vida sencilla. Dios nos exige más que sencillez por fuera y amor por dentro. En realidad, qué fáciles y sencillos son los verdaderos caminos de Dios, cuando se camina por ellos con el espíritu de confianza y con el corazón libre y puesto en Él.

Que feliz es el trapense que de veras es trapense, no sólo en el exterior, sino también en la sencillez interior.

Para los que en el mundo hemos sido algo complicados…En fin, no me sé explicar, pero he llegado a comprender las palabras de Jesús: Si no os hiciereis como niños…

Los caminos de Dios son sencillez; su yugo es suave y su carga ligera. El morir al mundo es nacer a Dios, y en Dios las austeridades de una vida de silencio y soledad hay la dulce alegría de un corazón que cifra su dicha en la sencillez, en la simplicidad; y el que sigue a Cristo, lo sigue por el único camino que la Cruz; amando la Cruz, yo creo que está todo conseguido.

Dios siempre ilumina el corazón del que ama y le busca con sencillez.

Cuán tortuosos caminos hay que recorrer a lo simple. Qué cosa más incómoda es la complicación…, y cómo gustamos los hombres de complicárnoslo todo. Muchas veces, si no practicamos la virtud, es debido a nuestro complicado modo de ser, que rechaza lo sencillo.

La virtud, Dios, la vida interior…¡Qué difícil me parecía vivir eso! Ahora no es que yo tengo virtud, ni mis conocimientos de Dios y vida de espíritu estén completamente claros, pero he visto que a eso se llega sin complicaciones, sin retorcimientos, sin aguda filosofía, sin dificultades técnicas.

He visto que a Dios se llega precisamente por todo lo contrario. Se le llega a conocer por la simplicidad del corazón y por la sencillez. Un acto de amor, no tiene ninguna dificultad…Lo verdaderamente difícil es el querer conocer a Dios, por lo segundo, no.

Virtud… ¡ah! Eso es para santos, algo dificultoso de practicar. Sí, efectivamente, pero para tener virtud no hace falta tener una carrera, ni dedicarse a profundos estudios, basta el simple acto de “querer”; basta a veces la sencilla voluntad.

¿Por qué, pues, a veces no tenemos virtud? Porque no somos sencillos; porque nos complicamos nuestros deseos, porque todo lo que queremos nos lo hace difícil nuestra poca voluntad, que se deja llevar por lo que agrada, de lo cómodo, de lo innecesario, y muchas veces de las pasiones.

Si alguien me dijera al detalle lo que debo hacer para ser santo y agradar a Dios, yo creo que, con la ayuda de Dios y de la Virgen, lo haría.

Con Jesús a mi lado, nada me parece difícil y el camino de la santidad cada vez lo veo más sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Más bien se va reduciendo a sencillez, que complicando con nuevas cosas.

Y a medida que nos vamos desprendiendo de tanto amor desordenado a las criaturas, y a nosotros mismos, me parece a mí que nos vamos acercando más y más al único amor, al único deseo, al único anhelo de esta vida, a la verdadera santidad que es Dios.