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La Conversión, en San Bernardo


Visión de San Bernardo

Algunos aspectos de la doctrina de la conversión según la tradición monástica y bíblica

P. Enrique Trigueros
Abad del Monasterio
de San Isidro de Dueñas

El monje es un converso, no tanto porque haya dado el paso hacia la fe, sino porque siempre tiene que estar vigilante, revisando su vida, y volviéndose a su Dios a cada paso. Es doctrina común de los Padres del desierto:

San Isaac el Sirio decía “que el arrepentimiento conviene siempre a todos, tanto al pecador como al justo” y que debería ser el estado normal del cristino que tiene el corazón triturado y contrito, y que vive el sacramento de la reconciliación. El mimo Isaac añadía: “El arrepentimiento no debería terminar ni en el tiempo ni en sus obras hasta el momento de la muerte”. Así en la vida de los Padres del desierto, se lee que cuando Sisoés el Grande iba a morir, los ascetas acudieron a él y según la costumbre le dijeron: “Padre, dinos una palabra de vida”. Y Sisoés respondió: “¿Qué podría deciros? Todavía no he empezado a arrepentirme[1].

No hace falta insistir en que la conversión, esa vuelta del monje hacia Dios, es algo de toda su vida. Es más, es una tarea que no sólo va a ser importante, por su duración, sino también por su intensidad, porque como veremos en esta conferencia, va a requerir un duro esfuerzo, un auténtico derroche de fortaleza espiritual, si el monje quiere llegar a la meta, al fin de su vida monástica, que con Juan Casiano decimos que es la pureza de corazón. Queremos abordar, ahora este tema de la conversión de la mano de un gran monje, forjador de monjes, y que es San Bernardo. En su sermón 2º de Cuaresma, dice:

¿Hay alguno de entre vosotros que tenga obstinada su voluntad en algo? Desgarre su corazón con la espada del espíritu, que es la palabra de Dios; rómpalo y dese prisa a triturarlo. Sin romper el corazón es imposible convertirse a Dios de todo corazón[2].

Y más arriba nos dice:

Examina atentamente qué amas, qué temes y con qué gozas o te entristeces. Piensa si bajo el hábito monástico tienes un espíritu mundano, o tu sayal de converso encubre un corazón pervertido. El corazón se manifiesta en estos cuatro afectos, y creo que de ellos se trata cuando se nos manda convertirnos al Señor de todo corazón. Conviértase, pues, tu amor y nada ames fuera de Dios o por Dios. Conviértase, también a él tu temor, porque está pervertido si temes algo que no sea él o por él. Y conviértase también a él tu gozo y tu tristeza. Así será si sufres y gozas según Dios[3].

La primer pregunta que nos tendríamos que hacer es ¿qué es partir el corazón?, o mejor ¿qué nos quiere decir San Bernardo con esta imagen partir el corazón? Dar una respuesta a esta pregunta supone meterse en toda la doctrina bernardiana sobre el amor, aunque esto nos lleve un poco lejos. Aunque el proceso sea un tanto largo merece la pena porque encontraremos la clave de la doctrina de la conversión en sentido bíblico y monástico.

“Las resonancias que despierta la palabra ‘corazón’ no son ni mucho menos idénticas en hebreo y en nuestras lenguas modernas. En nuestra manera de hablar, el corazón remite ante todo a la vida afectiva del ser humano: las emociones, los sentimientos. Se dice que nuestro corazón ama o aborrece, anhela o teme, pero no le asignamos ninguna función en la actividad intelectual. Y a veces, las lenguas modernas reducen el corazón a la afectividad: ‘revistas del corazón’, ‘dos corazones unidos’, ‘palabras del corazón’… Por eso, cuando se trata de la revelación divina, que ‘habla al corazón’, puede darse un malentendido desastroso.

En el lenguaje bíblico, el corazón tiene un sentido mucho más amplio; puede decirse que designa a toda la personalidad consciente, inteligente y libre del ser humano. Es por tanto la sede y el principio de la vida psíquica profunda; designa el interior del hombre, su intimidad, su lugar oculto, su profundidad y su libertad.

Cuando habla del corazón, la Biblia intenta designar a toda la persona en su interioridad, no solamente la sede de las emociones y de la afectividad, sino también la de la inteligencia y de los pensamientos (en este sentido, está cerca del nous griego: el espíritu). Es también la fuente de los recuerdos y de la memoria. Y es finalmente el centro de los proyectos y de las opciones decisivas: el de la conciencia moral, de la decisión de la fe (un corazón abierto) o de la decisión de no-fe (un corazón duro). Si el corazón es entonces el verdadero centro de la personalidad del hombre, se comprende que la Biblia lo mencione más de mil veces...

El corazón se presenta entonces como el centro y el todo de la persona, la sede de la vida íntima del hombre: pensamiento, memoria, sentimiento, decisiones. Es ciertamente el centro decisivo de la personalidad; se comprende por consiguiente la doble posibilidad del corazón de cada uno:

-abrir el corazón a Dios y a su palabra, unificar el corazón para comprometerse únicamente en el camino de Dios;

-o, por el contrario, endurecer el corazón y negarse a creer, no confiar en Dios y seguir el propio camino”[4].

San Bernardo en este estela bíblica, entiende por corazón, la capacidad que tiene el hombre de dirigirse a Dios con todo su ser; la capacidad, por supuesto, de amarle; de amar a Dios y de amar a los hermanos. Y este es el sentido de su tratado sobre el amor de Dios “De diligendo Deo”. Y en este tratado nos dice el santo:

Quieres que te diga por qué y cómo debemos amar a Dios. En una palabra: el motivo de amar a Dios es Dios. ¿Cuánto? Amarle sin medida[5].

Y más adelante:

"Mucho merece de nosotros quien se nos dio sin que le mereciéramos. ¿Nos pudo dar algo mejor que a sí mismo? Por eso, cuando nos preguntamos qué razones nos presenta Dios para que le amemos, ésta es la principal: Porque él nos amó primero[6].

Y sigue diciendo:

Vuelvo a resumir brevemente lo que ya he dicho. El nos amó primero. El, tan excelso, tan extraordinaria y gratuitamente, a nosotros, tan ruines y pobres como somos. Dije también que la medida del amor a Dios es amarle sin medida. Por otra parte, el objeto de nuestro amor a Dios es él mismo, un ser inmenso e infinito… Y nosotros, ¿le responderemos con medida? ¡Dios mío, ayuda mía! Te amaré según tú me lo concedas y yo pueda, mucho menos de lo debido, pero no menos de lo que puedo. No puedo amar como debo ni me obliga a más de lo que puedo. Podré más si aumentas mi capacidad, mas nunca llegaré a lo que te mereces[7].

En estos textos de Bernardo vemos que “el motivo de amar a Dios no es otro que el mismo Dios. El es la causa eficiente y final. El principio y el fin de nuestro amor. El itinerario, la meta del amor humano es volver al Origen, a la Plenitud, a la Consumación. No olvidemos que la doctrina de San Bernardo es una doctrina monástica. El propósito que la anima es recuperar, salvar, transformar al hombre que busca a Dios. Y esta búsqueda se apoya y se realiza sobre la base de la semejanza Dios-hombre: “por naturaleza el semejante busca a su semejante”[8]. Y lo que diviniza al hombre es el amor.

“Dios-amor es, pues, el creador, el provocador, el resorte del amor del hombre, en todas sus manifestaciones. La caridad, que es Dios, está en el centro mismo del alma, porque El es el amor con que ella ama y es amada. Esta presencia permanente nos indica qué experiencia religiosa quiere transmitir el abad de Claraval. El amor para él, más que un don de Dios, es Dios mismo que se da al hombre. Por eso es imposible amar a Dios por sí mismo sin ser amado por él, sin experimentarlo. La condición previa y fundamental de la criatura es “ser amada”, sentir que Dios es bueno con ella”[9].

El monje por tanto, tiene que amar a Dios por Dios mismo; y además amarle sin medida, esto es infinitamente. Dios, ser infinito, el amor infinito, provoca en el hombre la capacidad de amar, y en reciprocidad el hombre debería amar en grado infinito a Dios. Esto podría provocar un cierto pesimismo, ya que el hombre es un ser finito, y nunca tendrá una capacidad infinita de amar. Pero Bernardo nos da la clave, dentro de su optimismo. Efectivamente, amaremos a Dios menos de lo que se merece, pero tenemos que ser humildes y reconociendo nuestra finitud, pedirle a Dios que aumente nuestra capacidad de amar, para que lleguemos amarle todo lo que podamos, nunca “menos de lo que puedo”, dice el santo. Y esto equivale a amarle hasta el infinito. Amarle sin reservas, agotando toda la capacidad de amor humano que tenemos, es amarle hasta el fin, hasta el infinito. “Amarás al Señor con todo tu corazón…”

“¿Como dirigirá el hombre sus sentimientos, sus afectos, su amor hacia Dios? Bernardo responde: por la conversión. Empresa de toda la vida. ‘Y ojalá’. Las etapas de este retorno a Dios son los cuatro grados clásicos del amor. Podríamos llamarlos también cuatro experiencias o sabores del amor humano: el hombre ama al hombre en sí mismo y en el prójimo, el hombre ama a Dios porque es bueno con el hombre, el hombre ama a Dios por Dios, y el hombre se ama a sí mismo por Dios”[10].

La conversión en el monje, siempre está, bajo la acción de la gracia, tenderá a ir progresando en estos grados de amor, purificando y ordenando la voluntad y sus afectos. Partiendo del amor carnal o de sí mismo, el alma bien dirigida pasa a amar a Dios por lo que él da y hace con el hombre, para desembocar amando a Dios y al hombre por Dios. Pero para desencadenar este proceso de ascensión en el amor, el monje tiene que dar un paso inicial: entrar en sí mismo, volver al corazón (redire ad cor), lo que Bernardo llama “la consideración”. Dice en su largo sermón (o pequeño tratado) de la conversión a los clérigos:

"No hay que esforzarse mucho para advertir esta voz. Lo que cuesta realmente es cerrar los oídos para no percibirla. Ella misma se insinúa, se adentra y no cesa de golpear a la puerta de cada uno. Durante cuarenta años he vivido con aquella generación, y dije: Andan siempre con el corazón descarriado. Todavía convive con nosotros, todavía sigue hablando. Pero apenas hay nadie que le escuche. Todavía sigue diciendo: Andan con el corazón descarriado. Todavía la sabiduría va gritando por las plazas: Transgresores, volveos hacia el corazón. Es lo primero que nos dice el Señor, y parece que esta llamada va delante de cuantos por la conversión se vuelven hacia su corazón. Es más, los va disuadiendo, los fuerza a volver a un enfrentamiento consigo mismo[11].

Y en el Tratado de la Consideración a Eugenio III, le dice:

Comience tu consideración por ti mismo, no sea que te ocupes de otras cosas y te olvides de ti. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si él mismo se pierde? Por sabio que seas, no posees la sabiduría, si no eres sabio para contigo mismo. ¿Y cuánta sabiduría te faltaría? A mi modo de ver, toda. Aunque conozcas todos los misterios, la anchura de la tierra, la altura del cielo, la profundidad del mar, si no te conoces a ti mismo, serás como el que edifica sin cimentar y levanta una ruina, no un edificio… No es sabio el que no lo es consigo mismo. El sabio será sabio por sí mismo, y beberá primero él mismo de su propia fuente. Comience, pues, por ti tu consideración y acabe también por ti[12].

El monje, por tanto, entra en su consideración, se adentra en su conocimiento propio, para intentar entrar en su corazón. Y en este proceso de conocimiento personal y de bucear en su propia interioridad, en su propio corazón, va a tener que ir escalando los cuatro grados del amor, cosa que no le va a ser fácil. Y encuentra que el primer grado del amor es el amor carnal.

Como la naturaleza es tan frágil y enfermiza, la propia necesidad le impulsa a amarse, en primer lugar a sí misma. Es el amor carnal, por el cual el hombre se ama a sí mismo antes que a ninguna cosa. Solamente se preocupa de sí mismo, como dice la Escritura: Primero es lo animal, después lo espiritual (1 Cor 15,46). Este amor no se intima con ningún precepto: es innato[13].

Este primer grado del amor, el amor carnal, no son las pasiones libidinosas del sexto mandamiento. Para Bernardo, como para San Pablo, es el amor por el cual el hombre se ama a sí mismo, por sí mismo sobre todas las cosas. Lo llama Bernardo “amor sui”, amor a sí mismo, que parte de sí y vuelve a sí mismo. Es algo innato, que no necesita provocarse, y que es anterior a todo, incluso al amor de Dios. Este amor a sí mismo es algo que va a estar gravitando en mi vida, y aunque ya haya escalado los diversos grados del amor va a estar presente en mi vida espiritual para ir debilitándome. Al mismo tiempo la acción del Espíritu va a ir remolcando ese amor propio para que se convierta en amor a Dios y en amor al prójimo.

Pero con mucho sentido común, Bernardo siguiendo a Pablo nos dice que primero es lo animal, y después lo espiritual. Lo carnal en sentido egoísta, es lo primero; eso lo repite Bernardo hasta la saciedad. Lo espiritual lo recibiremos después como un don, como algo gratuito por acción de la gracia. Y lo que Bernardo quiere recordarnos con san Pablo es la necesidad que tiene el hombre de una transformación interna del amor. Tiene que cambiar el “amor sui”, el amor egoísta, carnal, hasta que llegue a ser espiritual. Y este es un cambio muy profundo, y este paso, esta transformación es: la conversión. Pasar del amor de sí mismo al amor de Dios en sus dos vertientes: el amor de Dios y el amor a los hermanos, eso es la CONVERSIÓN.

Por experiencia sabemos que el hombre no es un espíritu puro, sino que es un compuesto de cuerpo y alma, y cada una de estas partes impone sus exigencias al hombre. En la anterioridad, de la que hablamos, de lo animal a lo espiritual, lo primero que tiene que atender el hombre son sus necesidades naturales. Pero estas exigencias naturales no suponen amor, sino necesidad. Por eso sigue diciendo Bernardo:

¿Quién aborrece su propia carne? Pero este amor suele deslizarse y derramarse en exceso, y no contento con seguir el cauce materno se desborda e inunda los campos del placer[14].

Nadie aborrece su propia carne, Evidente; al menos contemplada la cosa desde una perspectiva humana. Al no aborrecer a la propia carne, y tener que satisfacer sus propias necesidades, es cuando corremos el peligro de crearnos necesidades que no son tales. Y esto es experiencia personal de todos nosotros. Basta echar una mirada retrospectiva para ver cómo vivíamos la vida monástica hace 20 años, y cómo la vivimos en la actualidad. Cuánto han cambiado nuestros edificios, nuestra alimentación, nuestros objetos personales y comunitarios (grabadoras, ordenadores, máquinas de todo tipo…); decimos que todo es necesario y útil para la comunidad. ¿Es verdad que todo es necesario? Y así, a fuerza de satisfacer necesidades que no son tales, nuestro amor se va deslizando hacia los campos del placer; hacia el “amor sui”. Llegamos a caer en la “cupíditas”.

La cupíditas es un amor desordenado, ardiente, profundo, interior, que nos llega a arrastrar con mucha violencia. Es aquella particular atracción emotiva que perturba y agita, suscitando un deseo intenso sobre algo moralmente prohibido, que si se aceptase libre y responsablemente sería culpa y pecado. Se nos interpone como un velo que nos impide ver claro a la hora del vencimiento interno, y que me presenta la tentación como algo imposible de vencer, o a veces, tan atractivo, que llega a incidir de tal modo en la voluntad, que se puede decir que la debilita en tal modo que prácticamente la anula. Y me remito a la experiencia personal de cada uno de nosotros y a la mía propia. Cuántas ocasiones hemos querido luchar con alguna insinuación del enemigo, y a pesar de nuestros esfuerzos, hemos terminado como san Pablo haciendo el mal que no quiero.

Esto es lo malo de la cupíditas, que se llegue a adentrar en nuestra voluntad, que en definitiva es dónde está nuestra capacidad de decisión, e influya de tal manera en ella, que en lugar de ayudarnos a superar la tentación, nos arrastre a algo que nos aparte de Dios. Entonces vamos a estar con una voluntad que no es libre ni independiente –siempre arrastrada- y nos va a llevar a lo más hondo de este problema que es la seducción.

Esta seducción implica una inversión en el camino del amor y que tiene la desgracia de convertir el movimiento de conversión hacia Dios y llevarlo a su contrario. Nos lleva a una situación de inversión, lo pone todo al revés, y así es como nacemos al amor. En virtud de nuestro pecado: “amor sui”. Así que cuando nos abrimos al amor, en un momento determinado de nuestra existencia, estamos totalmente invertidos en el amor. En lugar de estar abiertos de modo connatural al amor de Dios, estamos anclados en el amor a mi mismo, en el amor egoísta, y que por gracia de Dios, a través del camino de la conversión podré ir transformando hasta escalar las metas más altas del amor de Dios.

Entonces tenemos aquí un cuadro que es clásico. La seducción implica una inversión completa en el orden de los valores. Así lo podríamos sintetizar:

AMOR – DISTORSIÓN

Amor natural hacia el fin verdadero – CARIDAD

Amor natural, hacia mi mismo – CUPIDITAS

Por el camino de la conversión, llego a la caridad. En la inversión llegó a su contrario que es el egoísmo.

No obstante, cuando el apetito sensitivo me atrae hacia un bien honesto y conveniente a la razón humana, la concupiscencia no es un mal. No sería más que un aspecto del apetito natural, según la terminología escolástica, que inclina al ser hacia su propio fin. Mas cuando la única motivación que me mueve hacia algo no necesario, no accidental, es la satisfacción (o satisfacción del deseo), entonces las necesidades se convierten en concupiscencias. Y de aquí viene la satisfacción propia, los placeres propios y egoístas, que me los proporciono yo, atendiendo a esta necesidad puramente natural, Y es evidente, que la voluntad está llevada en una dirección falsa. La dirección natural es Dios, la dirección falsa es el propio yo; y no podrá cambiar la dirección sino por un movimiento de conversión.

¡Qué camino tan escabroso y qué esfuerzo tan agotador espera a los que quieren satisfacer sus apetitos! Nunca alcanzarán la meta de sus deseos[15].

Nunca conseguiremos satisfacer demasiado esos deseos que en dirección inversa a la de Dios nos llevan por el camino de la perdición. El hombre fuera de Dios y fuera de sí, va a comenzar un peregrinar errante, sin brújula ni dirección, que Bernardo llama la elongatio[16]; que es un alejamiento de la región natural a una “región extraña”, “la tierra de Naím”, “el Egipto de las tinieblas”, tierra del olvido, cloaca, tierra o región de cautividad. Bernardo, para describir al hombre en esta situación, tiene textos realmente patéticos. Así en el comentario al Cantar, hablando del conocimiento de sí mismo, nos dice en el Sermón 36,IV,5:

No puede menos de humillarse sinceramente ante este conocimiento de sí misma, al verse cargada de pecados, aplastada por el peso de su cuerpo mortal, enmarañada entre los afanes terrenos, corrompida por la hez de sus deseos carnales, ciega, encorvada, enferma, embrollada en muchos errores, expuesta a mil peligros, temblando por mil temores, angustiada por mil dificultades, sujeta a mil sospechas, oprimida por mil necesidades, propensa a los vicios e incapaz para la virtud. ¿Cómo podrá levantar altivamente sus ojos y su frente? ¿No se revolcará más en su miseria, mientras tenga clavada la espina? Volverá a las lágrimas, retornará al llanto y los gemidos, se convertirá al Señor y exclamará desde su humildad: “Sáname, porque he pecado contra ti”. Convertida al Señor será consolada, porque es Padre cariñoso y Dios de todo consuelo[17].

Ha sido el pecado el que ha venido a turbar el primitivo plan de Dios y a dirigir en dirección inversa el amor del hombre. Nacem